Arte y espectáculosCulturaGustavo Beytelmann: el pianista que Venado Tuerto le legó al mundo

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(*) Por Paul Citraro

Gustavo Beytelmann nació en Venado Tuerto. Toda llanura en el contaminado corazón de la pampa santafesina. Pentagramas de soja y glifosato. Una partitura fumigada que no admite disonancias. Para Beytelmann, Venado Tuerto no es ni la cuantificación de la producción agrícola, ni un punto en el mapa; es el origen. El origen como una fatalidad, sabía Borges. En el silencio de esa pampa, la música. Apenas un eco que llega y no se sabe bien de qué distancia. Y el piano, una insistencia, un arma de fuga. Esa llanura, el primer “espacio” que Beytelmann habita. Un espacio que, por su inmensidad, exigió un sonido que pueda llenarlo.

El lenguaje del tango

Hablar de Beytelmann es hablar también de una sombra que recorrió el siglo XX argentino: Astor Piazzolla. La relación de Beytelmann y Piazzolla no fue relación a la clásica griega, aquella que mostraba al discípulo devoto en busca del refugio y el dogma. No. Fue una relación dialéctica, una conversación de iguales donde el piano se desprende de la orquesta típica para abrazar la modernidad. Hay que aprender a caminar hacia lo desconocido. El futuro ya llegó.

Beytelmann entendió algo: el tango tradicional es una máquina. Una estructura que puede ser intervenida. Y cuando se acercó a la música electrónica, no lo hizo como un experimento superficial. Lo hizo desde el tango, con tripas y esencia, hay sangre y verdad, una intervención del sentimiento.

Dice a Barullo: “Nací en 1945. En ese entonces, el mundo estaba marcado por un estallido de ir para adelante, un ‘Nunca Más’ tras la Segunda Guerra Mundial que parió al be bop de Parker y Monk en Nueva York, y que en Argentina se tradujo en una efervescencia por renovar el lenguaje del tango. En los años 40, había cientos como Piazzolla buscando cosas. Astor no fue un mesías en paracaídas; fue un muchacho con un talento extraordinario, pero parte de una generación que estudiaba para hacer avanzar la lengua del tango”.

Al igual que los sintetizadores que cortan el aire con sus ondas, el bandoneón de Piazzolla –y el piano de Beytelmann– cortaban la noche porteña con la misma violencia eléctrica.

Convergencia, un piano que ya no es el piano de Horacio Salgán ni el bandoneón de Aníbal Troilo; un piano que se ha convertido en una herramienta de síntesis, en un procesador de melancolía, un punto de fuga. Nadie sabía mejor.

Un argentino sin camiseta

La música es, siempre, un hecho político. La década del 70 en Argentina no sólo desarticuló cuerpos y familias; desarticuló la cultura, el pensamiento, la posibilidad de seguir siendo quien uno era. Memoria y fractura un 24 de marzo. “Estoy medio tristón, qué puedo decir; es un día relacionado al Golpe. El planeta Tierra está corrompido y parece no saber para qué lado agarrar. Siento que nosotros pertenecemos al mundo clásico, mientras que los pibes de hoy tienen otras antropologías, otros valores. Hay un divorcio muy grande en todos lados”.

La vida atrapada por los aparatos del Estado también es vida política. Eso enseña Primo Levi en “Si esto es un hombre”. Por primera vez en la historia ni Estanislao López, ni Juan Manuel de Rosas, ni Mariano Moreno dejan de ser estatuas para convertirse en vidas comunes. Son miles de caras en blanco y negro ocupando las plazas. Cada historia, y cada cara en blanco y negro es una vida hecha proclama. No muerte, no barbarie, no suplicio. Intimidad multiplicada como vida política, eso es el surco.

En esos instantes de una Argentina errante, anida la música de Beytelmann. Luego el exilio. Y la obra, no como renuncia, sino como traducción. ¿Cómo suena el tango cuando desaparece el suelo?

Quizá suene más agudo. Más cerebral. Más necesario. Y entonces Europa se convierte en un teatro de exiliados reconstruyendo la identidad. No por nostalgia. No. Por resistencia. Esa es la belleza del surco. Para el exiliado, el tiempo no transcurre de manera lineal. El exilio es, por definición, un anacronismo. Al instalarse en Europa (Francia), Beytelmann se ve obligado a recrear el “ser argentino” desde la distancia, es decir, crear una mirada clínica. Su técnica pianística se vuelve más severa. Más introspectiva. Es la música de quien ya no tiene la obligación de cumplir con la liturgia del baile. Aparece la necesidad de explicarle al mundo -y probablemente a sí mismo- qué es ese y no otro, el dolor que persiste en las teclas y en las tripas. Cada nota es un concepto, una sentencia sobre la pérdida y una resistencia frente al olvido. Pasión a la europea, dicen ligeritos los que tienen el cuello lleno de almidón.

Beytelmann al piano, en el mítico Octeto Electrónico de Piazzolla.

En Europa, Beytelmann se encuentra con el otro lado del espejo. En Francia el tango es exótico y objeto de fascinación. Podría ser otro ritual del fin del mundo. Pero él se niega a la caricatura. Su paso por los escenarios europeos es una labor de orfebrería. Pesa al tango, a su historia, y lo desnuda. Lo despoja de los clichés del arrabal para devolverle su potencia trágica, su forma contrapuntística y la fuga infinita. Nadie sabía mejor.

Acierta el pianista diciendo a este cronista: “He trabajado como un bruto para lograr que todos esos pedacitos de experiencia -la peña Mate Amargo en Venado, el jazz, lo clásico- terminaran siendo una unidad, una lengua personal”.

Y agrega otro dardo certero: “Siento que Mood Indigo de Ellington y La cumparsita se dan la mano permanentemente y conviven en una misma habitación. Soy un producto de la casa en Alvear y Moreno de Venado, de las escuchas de Coleman Hawkins y de la sangre y la memoria. Hoy, más que cualquier etiqueta política, soy un argentino en París, un ciudadano sin camisetas, orgulloso de ser parte de esta cultura”.

Su pasión no es la pasión del turista que busca el color local. Es la pasión del estratega. Beytelmann comprende que para que el tango siga vivo, debe dejar de ser una reliquia. En París, lo vuelve puente entre la vanguardia europea y la herencia criolla. La sofisticación de su lenguaje pianístico es una respuesta a la brutalidad que dejó atrás. La música, en este punto, se convierte en un territorio de soberanía absoluta. Es decir, no hay exilio, porque el territorio está marcado. Escuchamos el viaje de un hombre que nunca terminó de salir de Venado Tuerto, pero que pudo leer la partitura del mundo. Su obra es una topografía del regreso. Un regreso que no es físico –porque el lugar de origen es siempre una invención–, sino, un regreso musical.

Venado Tuerto fue mi jardín de formación. No había conservatorio, pero sí un interés descomunal por la música. Alfredito Moreno me hacía escuchar a Jimmy Blanton y Duke Ellington con las puertas abiertas de su casa. Esa invitación permanente fue una primera escuela. Me acuerdo de mi padre, Jacobo, un violinista de tango y jazz cuya carrera quedó trunca por una escoliosis no tratada producto de la inmigración. Mi viejo trascendía a la ciudad. También estaban Ernesto Castillo, que era un oscuro empleado municipal y a la vez un arreglador brillante, e Hilmar Long, otro actor fundamental con su propaladora, donde escuché por primera vez a Edmundo Rivero y casi me caigo de culo por cómo cantaba.

Beytelmann ha logrado que el tango deje de ser una identidad fija para transformarse en un proceso de pensamiento. La arquitectura de la disidencia, una forma de llenar el silencio que dejaron aquellos que no pudieron exiliarse, y aquellos que el país prefirió olvidar. En última instancia, su obra nos enseña que el músico es aquel que logra transformar su propia biografía en un lenguaje común. Ese que llega para decirnos que la música es el único lugar donde la historia, al fin, lo perdona todo. Y entonces, cómo no ser consecuente. “Astor quiso que tocara con él varias veces. No funcionó, el almanaque primero y después los enconos políticos de otros músicos que no veían con buenos ojos mi incorporación. Pero en 1977, ya en Francia, entendí que no soy un músico de negocios. Soy un músico ciudadano. Y que defender ciertos acordes es como defender ciertas ideas. Fue un tiempo bravo, ser vicepresidente del sindicato de músicos en Argentina y no estar enmascarado”, remarca.

 

(*) Nota publicada originalmente en la edición de junio de la revista cultural Barullo. Para leer la nota completa, aquí.

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