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La fiesta justa en el momento indicado. Eso parece ser la Santa Cumbia para el Venado Tuerto contemporáneo, un evento que logra reunir con naturalidad a cincuentones con casi adolescentes, bailando al son de la misma música, compartiendo un mismo código, una misma celebración. Generando –y ahí está el gran hallazgo- un sentido de pertenencia. Ya no se pregunta si vas a la Santa Cumbia, ahora es simplemente: Sí, vamos.

En su sexta edición, el evento volvió a batir su propio record. Cuando parecía que el techo estaba en el verano, en una noche calurosa al aire libre, este sábado el número de asistentes volvió a crecer… aunque estaba fresco, aunque la crisis económica cada vez golpea más fuerte.

Hay un gran mérito de la organización: no quedarse quietos, no descansar en ‘el colchón de puntos acumulado’, sino ir siempre por un poco más. Por eso la carpa, una idea que parecía un tanto alocada y fue un gran acierto. Por más grandes que sean, las carpas de circo están pensadas para una pista central, sin embargo acá se instaló un escenario en uno de los extremos (con pantalla LED, iluminación acorde y todo lo que requería el evento) y salió a la perfección.

Claro que hubo contratiempos, y uno de ellos hasta pareció poner en riesgo la concreción de la fiesta. En la noche previa, falleció Banana Mascheroni, cantante de Los del Fuego, emblemática banda de cumbia santafesina, que iba a ser el número central de la noche.

Con el operativo en marcha, la carpa armada y el escenario ya montado, hubo que salir a buscar una banda de reemplazo sobre la marcha. Se logró y la fiesta se hizo tal como estaba previsto. Es que, en realidad, no es el nombre de los artistas que están en el escenario lo más importante. De hecho, el evento se promociona como Santa Cumbia, y no como el recital de La Esencia o La Nueva Luna. La marca trasciende a los protagonistas, como sucede a veces en la política.

Banda de sonido

El motivo del éxito puede contar con varias teorías, pero tal vez sea complejo arribar a una verdad definitiva. Los de más de 30 estamos acostumbrados a que suene este tipo de música cuando hay clima de joda (casamiento, cumpleaños, esas cosas), y aunque no te guste ni sea por asomo lo que escuches al momento de elegir el sonido que te acompaña, se aprendió a convivir. Se naturalizó como algo familiar, cercano. Si hasta hay bandas de rock que versionan canciones de cumbia y viceversa.

Pero hay algo más. Cuando uno transita los barrios de la ciudad y los pueblos de la región, nota que la cumbia y el cuarteto son géneros con una fuerte presencia. Son la música de fondo, están en las veredas, salen de las ventanas de las casas, entonces la cumbia no es un ritmo que hay que imponer a la fuerza, sino que está ahí latiendo en el subconsciente. Tal vez por eso es que también se suman a la Santa Cumbia los más pibes, aunque se maten con el trap, el hip hop y el reggaetón el resto del año.

En esta fiesta se transpira libertad. Las parejas bailan y se divierten, los que van entre amigos parecen ir con la intención de embriagarse de alegría y en un ámbito de desinhibición general, tener suerte de terminar la noche entreverado/a/e. Prácticamente la esencia del ser humano desde siempre, evidenciando que la evolución llegó hasta un punto no muy lejano.

De qué se quejan los que se quejan

Por supuesto que la fiesta tiene sus detractores. Unos son los que se quedaron en la dicotomía noventosa de “cumbia vs rock”, cuando la movida tropical ganaba terreno en los medios y los rockeros “bancaban los trapos” (alguna vez Cristian Aldana, cantante de El Otro Yo, inmortalizó el grito: “La cumbia es una mierda”). Pero esos tiempos ya son lejanos y los que hoy se quedan afuera lo hacen a regañadientes, porque saben que ahí en la Santa Cumbia está pasando algo grande.

Después está lo de siempre: vecinos más o menos cercanos al predio que protestan por el ruido, por el sueño perdido, por los autos, por los trapitos, por los gritos, por alguna pelea y hasta por la alegría ajena. Eso siempre va a existir, y si bien no es exclusivo de estas tierras, parece estar llevado a niveles altísimos en Venado Tuerto.

Pero hay una tercera queja, que quedó evidenciada en esta sexta edición de la fiesta. Se la vio en redes sociales, en comentarios y memes. Es un reclamo clasista, que podría resumirse así: “Estos se quejan del gobierno y la crisis, pero van a la Santa Cumbia a gastar la plata de los planes y mañana están en Acción Social pidiendo un bolsón”.

El que es pobre no puede divertirse, y si vive ajustado debe guardar para garantizar las necesidades básicas de sus hijos, y bla bla bla. Quien piensa de esta manera parte de dos condiciones: un fuerte prejuicio de clase y no haber pisado nunca la Santa Cumbia. Porque nació como una fiesta clase media y desde ahí se popularizó sin prejuicios. Entonces ahí seguro encontrará a sus hijos, los amigos de sus hijos, algún primo, un vecino o un compañero de trabajo. Y están todos mezclados, no hay changarines y contadores, ni ‘hijos de’, sino que –como en las canchas de fútbol- hay un mismo código que une, ese que construyó la Santa Cumbia en muy poco tiempo, logrando que en la ciudad de la queja y el “acá nunca hay nada”, el sábado hayan asistido 11 mil personas.

 

FOTOS: Juan Ibáñez

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