CulturaJuan MisererePaul Citraro: más de dos décadas gestando, persiguiendo y concretando hechos culturales

Juan Miserere01/10/2019
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Hoy todos conocen a Paul Citraro. No es difícil cruzarlo por las calles del centro con aires de bon vivant, tomando un café o pergeñando algo detrás de su laptop. Cuando se anuncia algún espectáculo de renombre siempre el primer pensamiento es que Citraro está detrás, de una u otra forma. Y generalmente es cierto. La última producción fue el recital de Fabiana Cantilo, la próxima seguramente será en breve… pero el recorrido previo es enorme. Nombrar todo lo realizado se tornaría tedioso, la enumeración de nombres asemejaría esta nota a la guía telefónica, pero Paul no sólo es un productor, sino que es un observador incisivo, que se anima a analizar los gustos y consumos de la sociedad, a elaborar teorías, a desarrollar teorías forjadas entre la intelectualidad de los libros y los vaivenes de jugar a la ruleta con el descubierto del banco. Porque la producción de eventos culturales un día te premia con una sala llena y al otro te deja con el eco del vacío.

Formalmente, todo comenzó hace 21 años, cuando Citraro tenía el bar Mustang Sally en la esquina de Runciman y Alberdi (donde antes estuvo West, donde luego llegó Juan Bautista y hoy siguen las firmas). Desde ese espacio empezó a armar shows de bandas locales en primer término, luego regionales y en un momento empezaron a transitar músicos de jazz. Nunca más se detuvo.

Aunque en realidad el germen hay que buscarlo mucho más atrás, en la infancia rosarina (Paul nació en Venado, se crió en Rosario y volvió hace 22 años) cuando accidentalmente se cruzó con el Loco Damián, un singular personaje que habitaba su mismo barrio, un adolescente que era un prodigio pero enseguida tuvo problemas para encajar. De allí su apodo al que le hacía honor. Algunos años mayor, lo puso a Citraro “frente a un mundo maravilloso de discos y músicas”. Unos años después, el suicidio del Loco Damián le dejó a Paul una valiosa herencia de discos: “Desde ahí me convertí en un melómano”, declara.

Proyectar, concretar

En la transición del cierre del bar, Paul gestó junto a otra gente el Club de Jazz, que “fue un movimiento virtual, nunca tuvo un espacio físico. Un grupo de entusiastas que hacíamos afiches a mano. Había una cosa muy ideológica en la que estuvimos una década, hasta que nos dimos cuenta que comercialmente la cosa pasaba por otro lado y habíamos estado errando todo ese tiempo”, se anima a reflexionar hoy.

Pero Citraro sabe que nada fue en vano: “Estos más de veinte años de proyectos inventados, diseñados y gestionados concluyeron en una escuela en sí misma. Experiencias multiplicadas por miles de acciones culturales suelen otorgar una experiencia intransferible. El mojón de la conciencia. Es un indicador. La chicharra que suena al momento de volver con una nueva rutina de creación”.

En aquellos iniciáticos años del Club del Jazz las producciones se planteaban como la realización de un deseo, “nunca preguntábamos cuánto salía”, rememora a la distancia. “Los actores culturales somos sujetos peligrosos. En pos de la belleza, del hacer, del instalar, cometemos errores propios de nuestra ecología interna, como lo llamarían los psicólogos sociales. Intento decir: proclamamos una idea, acciones que a veces se miran el ombligo. Que no paramos hasta conseguirlas, más allá de los resultados. Y con frecuencia rozamos la contumacia. Quizá ese sea el precio de ofrecer puestas culturales”, arriesga.

Citraro lo resume muy gráficamente: “El artista agradecido, el público beneficiado, los productores llenos de gloria y oraciones en el relicario”.

Ensayo y error

Con cierta terquedad, Paul Citraro se animó a convertir en cotidiano lo inverosímil: espectáculos internacionales, músicos norteamericanos o llegados desde Europa haciendo pie en Venado Tuerto. “Lo hacíamos contemplando que si en algún momento no se genera el antecedente de que las cosas pueden ocurrir y seguirán ocurriendo, nunca se van a naturalizar”, sentencia. Pero ese reto está lleno de dificultades: “El tiempo de absorción de la sociedad es mucho más prolongado del que uno pone en el esfuerzo de lo cotidiano. Uno piensa que rápidamente la gente lo va a naturalizar, pero después te das cuenta que hay un sistema mucho más grande, llámese Dios, el mercado o el capitalismo, que te excede, va hacia otro lado y no lo podés torcer”, aprendió.

En ese camino se ganan pequeñas (grandes) batallas que van a quedar en el historial de la ciudad. El Festival de Jazz y Tango que se concretó dos años seguidos con varias sedes simultáneas es una muestra de ello. No obstante, el productor hoy lee que “desde un lugar individual y hasta caprichoso, fue un error programar un circuito internacional en la ciudad desde lo independiente. Primeramente, porque fue un deseo y en consecuencia el enorme trabajo de gestión que implicó realizarlo antes de ‘consultar’ la mirada social. Fue un hermoso disparate”.

Pero el tiempo le dio una certeza: “Ni uno ni cientos de esfuerzos individuales van a tener la fuerza necesaria para instalar tópicos que prácticamente no existían, si no hay un poder rector detrás que los apuntale”.

Los hitos

Dentro de un currículum que podría llenar varios tomos, no le resulta sencillo a Paul Citraro elegir los momentos más satisfactorios de su rol de productor. En primer lugar porque popularidad, convocatoria y calidad son parámetros que no siempre van de la mano, y acá no se trata de estadísticas de borderó, sino que siempre hay una carga emotiva detrás de la presentación de un show.

En este camino hubo dos o tres íconos importantes: uno fue Fred Wesley con una troupe de músicos increíbles que pertenecían a diferentes linajes de la historia grande de la música popular del siglo XX. Estaba el trompetista de Chicago, el saxofonista de Marvin Gaye, el baterista de Coltrane, el bajista de Pat Metheny y además fue un evento convocante, insertamos una banda local como soporte y encima estaba en tránsito una campaña política y nos empapelaron los únicos afiches que teníamos, y utilizamos ese reclamo como una gran potencia de prensa”, rememora sobre aquella célebre noche en el Teatro Ideal con el trombonista de James Brown y Parliament Funkadelic.

Además recuerda con orgullo que “por primera vez pudimos lograr que toquen juntos en un concierto el Chango Spasiuk y Raúl Barboza, en la despedida del Club del Jazz” y menciona la primera visita de Pedro Aznar, que requería una gran estructura técnica y la producción salió airosa.

En términos personales me tocó hacer giras con héroes musicales como Tomatito, Kusturica, etc. Me convocaron muchas veces para ser road manager o productor en gira y así terminé al lado de gente como Robben Ford, Victor Wooten, Alphonso Johnson o Chester Thompson (baterista de Weather Report, Frank Zappa y Genesis), gente que uno tenía a una estatura muy alta y que en la naturaleza del trabajo te das cuenta que eran mucho más sencillos que algunos músicos de Argentina. Generalmente, cuanto más grande más sencillo”, afirma.

También queda latente el recuerdo de haber coordinado la presentación de Deep Purple en El Círculo de Rosario: “Me encontré con cuatro viejitos ingleses absolutamente amables y cuidadosos, a los que había que ayudarlos a subir a la combi, pero cuando se prendieron las luces parecían de 20 años”.

En estos tiempos

Puede sonar remanido, pero no deja de ser cierto: en tiempos de crisis, el consumo cultural es una de las primeras víctimas. El soberano tiene la costumbre de preferir alimentar la panza antes que el espíritu. Encima los gustos de las mayorías parecen haber cambiado. Y eso muchas veces obliga a desensillar hasta que aclare. O buscar otros caminos.

Hoy voy a contramano de mis acciones mentales. ¿Qué le aporta al desarrollo cultural algo que está hecho o es una versión buena, en el mejor de los casos? Y la cultura debe ser insolente, arriesgada, fuera de los cánones conocidos por todos. Lamento no poder conservar el estilo cuando los tiempos son bravos”, se analiza Citraro.

Pero hoy aprendió que “vivo en función de la actividad cultural y la industria es muy tentadora. La industria es antropófaga. La cultura reinante, tal como funciona, finalmente te fagocita. No veo debates acerca de un reclamo ético. Y esto es probable que sean efectos de una generación como la mía. Ahora el sentido es más directo, sin más cuestionamientos que generar convocatoria y en caso de que no nos toque, sacar cuentas ajenas. Así son los amores de paso, por lo mismo que encandilan, terminan decepcionando”.

Y por otro lado juega con fuerza el rol de los medios de comunicación y la potencia de la industria, donde “el deseo cae en las estrategias publicitarias. Es decir, sólo consumimos aquello que conocemos. El gusto termina siendo un factor externo, no son elecciones nuestras, son decisiones ajenas las que las moldean. Y hacia ese destino corre la manada, como si se tratara de una escena de Walking Dead”.

¿Y el Estado?

Con conocimiento de causa, Citraro afirma que aproximadamente el 10 por ciento de la población contempla al consumo cultural como parte del menú cotidiano, que generalmente surge de iniciativas independientes. Para potenciar ese porcentaje se requiere un rol activo del Estado que eleve a otro plano los procesos culturales: “Es el Estado el encargado de desarrollar políticas culturales que soporten el crecimiento. Primero desde la capacitación y la formación. No se trata de tener una cantera de chicos en proceso formativo y realizar un espectáculo re-empadronando familiares y amigos. Es válido, pero no le aporta nada al crecimiento del niño en el aspecto cultural, solo confusión”. Así, el productor plantea que “el proceso formativo desde mi forma de entenderlo es la búsqueda del crecimiento en la disciplina, el entendimiento de lo que significan los procesos de la producción, la autoconsciencia artística. Y ciertas formas no ayudan. Todos tienen derecho, pero todo no es lo mismo”.

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