Para quien estuvo atento, el fin de semana que pasó fue un deleite en Venado Tuerto. Para los amantes de la buena música la cita fue obligada, y para más de un curioso que ‘vio luz y entró’, seguramente la experiencia fue gratificante. El Festival de Jazz tuvo tres noches repletas de talento, de virtuosismo y creatividad, con teatros donde el tiempo se suspendió al menos por unas horas para que sólo sea importante la música, para cerrar los ojos y dejarse llevar.
Pasaron 23 años para que esta experiencia se reedite, y fue por la decisión del Ministerio de Cultura de Santa Fe con el acompañamiento de la Secretaría de Territorialidad y Desarrollo Cultural de Venado Tuerto, con la premisa de recuperar aquellas lejanas noches de principios de siglo donde el mítico Club de Jazz empujaba para que diferentes artistas pisen la ciudad y entreguen algo de su arte. Y dejen una semilla, que seguramente prendió en muchos.
En este tiempo el mundo avanzó a ritmo vertiginoso, hace 23 años el celular no era de uso masivo, no existían las plataformas para escuchar música ni era tan fácil acceder a la información. Hoy, que todo está al alcance de un click pero al mismo tiempo es difícil de buscar, resulta satisfactorio ver que el Centro Cultural Municipal estuvo prácticamente repleto un frío jueves por la noche para escuchar jazz. Sí, la entrada era felizmente gratuita, y también es cierto que muchos habrán aprovechado para visitar por primera vez a la recuperada Sala 2. Pero ahí estuvieron disfrutando de una noche de jazz.
Y con un plus: el corte de cintas del festival lo hizo un cuarteto conformado por jóvenes músicos venadenses, herederos de los Sartén Asaresi, Jota Morelli y Quintino Cinalli, pero también de los despegados Leo Genovese, Gustavo Beytelmann y Juan Chiavassa, y de la Banda Municipal Cayetano Silva.
Stéfano Pasquini en trompeta, Ivo Mimiza en teclados y Claudina Citraro en bajo integraron el cuarteto junto al porteño Camilo Zentner en batería con una propuesta de hard bop. Esto fue un adelanto de lo que sería un sello distintivo de esta edición del festival: la fuerte presencia de músicos locales.
Aquel jueves la historia siguió con el pianista rosarino Mariano Ruggieri y su grupo integrado por Carlos Michelini en saxos, Jorge Palena en contrabajo y Hugo García en batería, presentando composiciones propias y dando un gran cierre a la jornada inaugural.
El viernes la historia continuó en el Teatro Ideal, con un momento de presentación institucional a cargo de la ministra de Cultura, Susana Rueda, intercalada por dos propuestas bien diferentes.
La velada se abrió con el ensamble bonaerense Firm Roots, la formación más numerosa que subió a escena: un sexteto surgido del Conservatorio Manuel de Falla, integrado por Lucas Herrera en trompeta, Alan Rippari en piano, Manuel Bayúgar en batería, Camilo Binelli en saxo alto y clarinete, Pedro Montes de Oca en vibráfono y la local Claudina Citraro en bajo. Los vientos bien al frente, un pianista excelso y el color que aporta un instrumento bastante atípico como el vibráfono, acompañados por una base sin fisuras que también soltó su juego cuando le abrieron las puertas de la improvisación.
Y el viernes cerró -siempre con un público de silencios respetuosos y generosos aplausos- con el trío encabezado por la pianista fueguina (radicada en Buenos Aires) Pía Hernández, con una propuesta sofisticada y vanguardista de composiciones propias.
El sábado estaba la expectativa fuerte, con la presentación del Trío Sin Tiempo, integrado por tres nombres largamente consagrados, cada uno por su lado, que sostienen hace algunos años una formación que se encuentra cuando las agendas y los viajes lo permiten. Y cada vez que eso ocurre es una fiesta.
El hijo de estas calles Leo Genovese, en una fugaz presencia en el país (acompañó a George Garzone en Buenos Aires unos días antes), junto al contrabajista Mariano Otero (que acá tocó un bajo acústico al que hizo sonar en forma increíble) y el baterista Sergio Verdinelli (ex Spinetta, Fito Páez, Illya Kuryaki, entre otros) eran una promesa demasiado difícil de esquivar.
Pero antes subió otro crédito local: el tecladista Massimo Pasquini junto al baterista Mariano Moreira (quienes tienen un disco grabado a dúo) con una propuesta tan osada como experimental, preparando el terreno para lo que venía.
Y Trío Sin Tiempo salió a comerse la cancha. Poco más de 50 minutos de virtuosismo, yendo de New York a África, pasando por la música argentina y hasta guiñándole un ojo a Coldplay, todo bajo el lenguaje de tres animales del jazz.
Entre tema y tema, Leo Genovese arengó a la tribuna venadense y les rindió tributo a la Orquesta Maipo, Sartén Asaresi y Jovel Quinteros, porque al fin y al cabo, de todo eso se ha nutrido la música de estas tierras.
Se bajó el telón y el cierre llegó más distendido en El Botánico, entre mesas, sillas y tragos, con los músicos en el flamante sector “invernadero” que rebalsaba de público, y otros tantos haciéndole frente al frío para capturar las notas que se dejaban escuchar.
La voz de Melanie Trifiletti vino a reivindicar al rol de los (y en especial ‘las’) cantantes dentro del género, acompañada desde la guitarra de Flavio Adra. Y luego las composiciones de Sergio “Gringo” Santi pasaron al frente desde la formación de Ramón Glacé, fortalecida por la lujosa presencia de Jota Morelli.
Como bien señaló Paul Citraro, clave en la curaduría de este festival y factótum del Club de Jazz que alguna parió esta idea, “a Venado Tuerto lo contaron siempre desde el peso. El peso del grano, el peso de los engranajes en su Parque Industrial, el peso de ser atravesada por la ruta 8. Pero en el cuero de esta ciudad, también hay otra marca. Una marca más cerca del pentagrama que de las planillas de exportación. Es decir, la nota que continúa sonando cuando los motores se apagan”.
Y es en honor a esa musicalidad que este Festival también es un acto de justicia. A las hordas spinetteanas, a los que discuten a los gritos por discos de Weather Report o Pink Floyd, a la ciudad de los visitantes ilustres imposibles (otra vez el Club de Jazz), a los eventos gestados desde el Municipio de todos los géneros que siempre tienen su público, a la música que difundía Danny Long en LT29 y sólo podía escucharse ahí, a la radio de Farol que sigue dando cátedra, al generoso traspaso generacional y a Leo Genovese compartiendo charlas y anécdotas venadenses con todo el mundo en el bar. De todo eso también está hecha la identidad musical de esta ciudad. Y así suena…











