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Opinión: Por un 17 de agosto lejos de la hipocresía y pensando en el futuro

Tomás Lüders

Se me ocurre ensayar una respuesta a por qué, en lugar de celebrar el nacimiento de nuestros próceres conmemoramos su fallecimiento.

Estimo que tiene que ver con ese rasgo de nuestra cultura (rasgo que, temo, es una marca que llega hasta su núcleo), que nos lleva solo a valorar post-mortem a nuestros compatriotas destacados.

En este nuevo 17 no voy intentar poner en duda la entrega o del heroísmo de San Martín. En lo absoluto. Sin dudas se merece como nadie el apelativo “Padre de la Patria”. Pero no se trata en este caso de estimar lo hecho o no por el Libertador. Hoy se me ocurre importante pensar juntos en la forma en que nosotros, como sociedad, significamos colectivamente la vida de nuestros próceres.

Y  estimo que rondamos siempre la hipocresía. Los héroes son solo, solo pueden ser, quienes “entregan la vida” (a veces literalmente). Si el héroe no murió en combate, bien sirve como reemplazo su muerte en la pobreza o el exilio, y hasta el suicidio. A veces cabe también su supuesta educación contra viento y marea…, o mejor dicho contra la lluvia y lejos de la higuera materna.

Y para los héroes de hoy valen las adaptaciones atenuadas: el científico valorado es el que descubre algo a puro ingenio y con magros presupuestos (o solo tras tener que hacer las valijas), el docente que vale es el que acepta darlo todo cobrando unos pocos pesos, el cura valorado es el que vive casi peor que los habitantes de la villa en la que elige vivir, el estudiante querido es el que recibe la bandera descalzo…

Así, llega una nueva fecha conmemorativa, y estamos otra vez listos para subirnos de nuevo a la tarima moral desde la que hablamos de entregas y sacrificios a hijos, alumnos, colegas más jóvenes y demás víctimas de nuestra auto-otorgada prerrogativa de ejercer de autoridad moral. El resto del año (¡y del día!) somos calculadores, desinteresados, apáticos e insolidarios. Si le tenemos que pedir algo a nuestros hijos, es que se busquen una carrera que “garpe”, que piensen en ellos y solo en ellos, y que mejor es primerear antes que ser primereado. Después, bueno, después nos rascamos la cabeza ante la falta de compatriotas siguiendo el ejemplo de los próceres… ¿y por casa, cómo andamos?

Aceptemos que vivimos en un mundo que, aquí en Argentina, pero también en la más justa Suecia, solo premia y reconoce al que gana (como sea o casi). En un mundo en el que la solidaridad solo es alimentada por el excepcional altruismo. Pero, ¿debe ser el altruismo, la entrega absoluta, el ideal a exigir o la alternativa a proponer?

Lo estimo solo para pocos, muy pocos. Y, suponiendo un mundo más justo y fraternal, también lo estimaría poco deseable. ¿Por qué una vida digna debe ser una vida de sacrificios?

Va mi modesta postura como padre y docente: intento nunca ser hipócrita, ponderar a los poquitos favaloros y sanmartienes golpéandome el pecho, para después por lo bajo (o no tanto) enseñar que lo que de verdad vale es solo pensar en uno mismo. Pero tampoco les deseo una vida de sacrificio a los que me toca educar. De hacer eso solo estimularía el cinismo  o la binaria encerrona de tener que pensar solo en ellos o solo en el otro. En cambio los invito, o al menos eso intento, a pensar en un mundo más justo, a que ejerciten su creatividad pensando alternativas a lo que nos toca vivir, pero que empiecen siempre el cambio por ellos mismos, buscando el sentido y la felicidad en algo distinto al mero ganar.

Si de alguna forma trabajamos por educar a las nuevas generaciones lejos de la tan habitual “pedagogía de la hipocresía”, quizá los que vienen tengan la capacidad de generar las condiciones para que llegue el día en el que, en lugar de conmemorar héroes muertos, celebrar el esfuerzo de científicos pobres o conmovernos públicamente por otro abanderado desarrapado, podamos enorgullecernos por haber recuperado un sistema educativo democrático y de excelencia, un sistema científico modelo y un país justo.

 

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