Moria-Casan

Opinión: Pobreza, anécdotas y un país que no tiene ni idea

Tomás Lüders

Pablo Echarri que no puede ser Sandro, Moria y la “vaginocracia”, CFK que se presenta y no se presenta, Macri y sus intentos de contagiar alegría, los reclamos docentes reducidos a la panza y la barba de Baradel, y hasta los reclamos del 8M a las tetas y las pintadas que llaman a lesbianizarse.

Lo político que se reduce a lo afectivo. Se habla de ideología, pero el contenido programático se diluye en la anécdota. La tragedia argentina está escrita por un autor de sainetes que no sabe de chistes. Como Sofovich, que dejaba descansar el humor en los gestos de un (a veces genial) Olmedo rodeado de carnes y enanos. Aunque no tenga humor, el espectáculo igual cautiva. De pensar, ni hablemos.

Aparecen las cifras duras y el gobierno y sus tecnócratas no argumentan nada: Macri insiste en que hay que ponerle alegría y que pase lo que pase, se puede. Habría que tener fe y los bienes se derramarán sobre nosotros. La ideología ofrecida no es ni el liberalismo económico, ni la tecnocracia desarrollista, sino consignas de autoayuda new age en la que todo se logra si “nos mentalizamos”: si quiero, puedo… ommm. El cómo y el para qué de ese querer-poder propuesto es menos claro sin embargo que el de los libros de autoayuda desde los que asesoran a Macri. En esas páginas se trata de tener decisión y tranquilidad en un camino al éxito en cuya banquina van quedando los mediocres y los estresados (es lo que Tomás Abraham llamaba en los 90s una empresa de vivir, quizá ahora más condimentada de misticismo pseudo-oriental). La propuesta del gobierno es menos clara. ¿Ganan todos o solo los que pueden?, después de todo, para esta ética un winner siempre se define contrapuesto a un loser. No es posible uno sin el otro. Vayamos a los pocos mensajes ofrecidos: la Vaquita que hace Yoga del nuevo canal Encuentro afirma que si meditamos, todo se aguanta. No hay que cambiar el mundo, hay que soportarlo tal como es. Si soportamos, ganamos.

Las decisiones del gobierno parecen proponer sin embargo un pathos más crístico que new age: al menos para las mayorías la bonanza llegaría en un tiempo místico, porque aunque la hayan puesto una fecha (el segundo semestre, que después fue el tercero y ahora sería el cuarto) parece siempre estar Más Allá –¡son los tecnócratas como Dujovne los que ahora piden Fe más allá de los números!–. Eso sí, reproduciendo los rasgos del enemigo perfecto de los reformistas de hace cinco siglos, los sacerdotes-CEOS parecen estar cosechando las ganancias aquí y ahora. Para ellos el Paraíso es acá mismo: lo del Correo, los peajes, las tarifas aumentadas sin promesas de inversión y lo de las low-cost que son propias ha quebrado la fe de muchos, pero al diferencia de entonces, ahora no hay Luteros o Calvinos a los que acudir.

Y es que en la oposición todo es mística también. CFK que twittea cada tanto para ofrecerse como víctima sacrificial. Después aparece Pablo Echarri y seguimos discutiendo si la ideología nos sigue separando. Y uno se pregunta de qué ideología hablamos. “Del pasado que era glorioso”, se responde desde facebook. Hubo tiempo que fue hermoso, casi como el fifty-fifty de Perón –CFK hubiera dicho que su fifty-fifty fue mejor todavía–. Queda la duda, ¿hasta cuándo hubiera aguantado todo? No lo sabremos, sabemos sí que el actual gobierno encontró en las fallas la excusa para ajustar asimétricamente.

Más allá de las debilidades del modelo –que con todos sus enormes defectos estructurales, hasta se hace extrañar ante este menemismo administrado por sus propios dueños– vale la pregunta, ¿por qué no hay partido de la oposición? La respuesta es fácil, porque Scioli fue la broma cínica del Cristina Eterna. No hay partido de la oposición porque no hubo partido del oficialismo, hubo gobierno de Uno, y ese gobierno se encargó de armar cuadros militantes, no cuadros políticos y plataformas. No hubo ideología, hubo sentimiento y confianza en la iluminación de quien mandaba. Por eso cuando quien mandaba no logró la eternidad, todo se desmoronó. Solo queda la nostalgia.

Pero hablemos claro, el populismo es apenas una versión algo más radicalizada del personalismo en el que caen todos los partidos (que no son partidos) del país. Al socialismo le pasa lo mismo y el Pro-Cambiemos lo volverá a hacer evidente cuando su Santa Vidal diga que quiere ser presidenta (a la cosa ya la vimos con Michetti, que quedó reducida a menos que una figura protocolar). Al gorilismo local le encanta decir que la falta de república es cosa del peronismo, pero fue Macri quien quiso meter dos jueces supremos por Decreto y la gente no se espantó –vale recordar igual que la promesa de República y lucha contra la corrupción la había hecho por él otra habitante de nuestro Olimpo, la pitonisa sufriente Elisa Carrió –.

Así las cosas, aparecen de nuevo las cifras de la UCA, que de anti-k habría pasado a ser ultra-k. Los números, escandalosos, se presentan con críticas a un “modelo de concentración”, pero la Iglesia es eso, una iglesia, su lugar es el de actuar como reserva moral. Del cómo salir no dice nada. ¿Tiene que decir algo? No lo sé. Supongo que no. La cosa deberían venir desde voces más seculares. Pero no hay respuesta. Desde el oficialismo insisten en que tenemos que ponerle onda, y desde la oposición solo aparece la denuncia y el recordatorio del ayer que fue hermoso. Igual, mientras tanto, tenemos con qué entretenernos. Entre los entretelones de Echarri que no fue Sandro y Moria y su habilidad para crear neologismos a partir de genitales y rectos, iremos pasando el rato.

 

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