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Opinión: la grieta y las posverdades criollas

Tomás Lüders

Teniendo la principal potencia del mundo un gobierno que hace abierto e indisimulado uso de la mentira como forma de ataque y contrataque político, se ha puesto de moda en las academias y redes sociales hablar de “posverdad”. Ya circulan papers, posteos y artículos por doquier.

La administración encabezada por el magnate inmobiliario inventó categorías descaradas como “hechos alternativos” (alternative facts) para fundamentar su defensa ante las desmentidas, algo tan grotesco como la propia capilaridad presidencial. Pero más llamativo que la invención la noción de hechos alternativos –¡y que la portación presidencial de semejante cobertura craneana!– parece ser el generalizado escándalo ante la presencia de la mentira en política, o para ser más preciso, por el sostenimiento de enunciados cuya eficacia es independiente de su grado de “constatabilidad”. Y no lo digo por la bien ganada popularidad de enunciados como “todos los políticos mienten”. Se trata de tener en cuenta una cuestión que excede la recurrencia al engaño por parte de los dirigentes profesionales.

Los alternative fact de Trump solo exponen, es cierto que de manera despreocupa por la habitual justificación en los hechos, la esencia de la lógica bajo la que se vienen articulando las identidades que, a falta de otro mejor adjetivo, debemos seguir llamando políticas. Nuevamente, una categoría de la academia anglosajona se arroga entonces la novedad de un descubrimiento que no ha hecho. Pensémoslo a partir de un ejemplo sencillo y habitual: cuando en la mesa familiar se ponen a discutir los parientes k y los anti-k jamás observaremos un intento de los participantes por escuchar los argumentos y pruebas del otro, ni si quiera, o mucho menos. De hecho, la resistencia a escucharse crece cuando los enunciados “del contrario” parecen tener algún fundamento. Sucede que las verdades en la que creemos van más allá de los hechos, las “pruebas” con las que intentamos justificarlas son buscadas a posteriori, mucho después de haber anudado nuestra subjetividad a ellas. De allí la dificultad por admitir errores en la elección propia –y convengamos también que dicha resistencia tiene como contraparte la intención de humillar con la desmentida, no la de persuadir–. Sucede que el saber sobre el que se basa aquello en lo que se cree es trascendental, no inmanente a las cosas. Como decía Hannah Ardent, descansa en un sexto sentido que no tendrían los incrédulos limitados a recurrir al ver, oler, tocar, saborear y escuchar.

Es cierto, quien forma parte de una identidad política selecciona y busca “datos”, pero siempre escogiendo aquellos que verifiquen lo que ya se sabe. Con la misma compulsión descartará aquellos que lo desmienten, o los relativizará bajo un oportuno pragmatismo, pero no hay nada menos cínico que quien ante algún dato innegable afirma: “es política, ¿qué querés?”. Detrás  enunciados de ese tipo se oculta la firme convicción de un creyente. Cada vez que escuchemos algo por el estilo, a no dudarlo, estamos ante la versión secular del dictum “La Iglesia es Santa y Pecadora”.

Lo mismo vale a la hora de juzgar los postulados valorados por quienes abrevan en la creencia inversa: aunque lo que fue elegido por el enemigo demuestre tener alguna virtud, lo cierto es que siempre se estará frente a un antagonismo teleológicamente (y teológicamente) determinado. Una supuesta “buena obra” no lo limpia su esencia pecadora.

En este punto, el análisis de las creencias no debe pasar por interpretar el contenido de los enunciados, sino por interpretar para qué se los enuncia. Analicemos entonces el cuestionamiento de algunas voces oficialistas al “son 30 mil” y los intentos por exponer números que serían más realistas. ¿Se trata de buscar el número exacto de víctimas mortales del terrorismo de estado o de cuestionar la legitimidad de una de las principales consignas del bando opositor?

Y a la inversa cuando un entonces medio oficialista como Página 12 “echaba luz” sobre la corrupción y el espionaje macrista, pero relegaba la investigación y difusión de espionajes y actos de corrupción de los propios referentes.

Aunque, estemos inmersos aún en una cultura que se piensa hija de la Ilustración (convengamos que hasta el posmoderno orientalismo occidental busca justificar en “la ciencia” las bondades en las que cree), lo cierto es que nuestras verdades siguen siendo verdades que no dependen de los hechos. Operan como el mito de los antiguos: se trata de encontrar un sentido último que esté más allá de nuestra precaria individualidad. Buscaremos verificarlo, pero si no podemos demostrar aquello en lo que creemos empezaremos por atacar los argumentos “flojos de pruebas” de quien las cuestiona. Y así se llega al abierto “decir lo que sea” de ciertos líderes actuales, cuyo desparpajo generó la categoría de posverdad, que, como vimos, además de no ser original, se queda corta.

Cierto es que ni la administración Trump ha deconstruido el concepto de verificación. No tiene figuras con suficiente inteligencia para eso, pero tampoco tiene la necesidad de hacerlo. Simplemente o propone estos hechos alternativos que los adversarios (los liberals) dejarían de lado o se impone a los gritos cuando éstos se demuestran insostenibles. El caso paradigmático fue la difusión periodística de la foto que evidenció la burda exageración hecha por la “spokeswoman” Kellyanne Conway de los asistentes a la asunción de mando del nuevo presidente, fue de hecho Conway quien acuñó la ya mencionada extravagancia constructivista ante la gráfica desmentida. Pero lo cierto es que la nueva derecha estadounidense puede descansar en que sus seguidores apoyen algo que sobrepasa lo dicho: creen en quien lo dice y en su por qué lo dice.

La aclaración vale para nosotros en época de plazas y calles “ganadas” por quienes están a un extremo u otro de la llamada grieta, es decir, por quienes se definen por recíproca oposición. Ya no importa la coherencia de los referentes, lo importante es derrotar a un otro que es esencialmente peor, cualquier debilidad del dirigente propio pasa así a ser un accidente poco relevante. Y es que en política también la propia Iglesia puede ser pecadora, pero aun así sigue representando al único Dios y, como sabe todo buen creyente, enfrente siempre está el Demonio.

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