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Opinión: espectáculos indios y blancos

Tomás Lüders

El espectáculo reproduce la lógica binaria que nos identifica. Por un lado, shows que venden experiencias de culto cada vez más caras, pero cada vez más seguras. Venden la exclusividad del encuentro con el ídolo, “yo estuve ahí.. .¿y vos?”. Ahí, el llamado biopoder del mercado cuida a quienes pagan su entrada. La experiencia es personal, no colectiva. La multitud es aséptica, no se toca entre sí. Quienes van, pagan para estar cómodos en su lugar.

Por el otro, están las supuestamente más económicas entradas al aguante (la palabra se ha vuelto un lugar común, y como tal circula sin terminar de entenderse bien, más circula, más se vacía de sentido). Como sucede con otras experiencias y productos “populares” a la venta, no siempre son más baratas que las experiencias más exclusivas, pero el sentido de pertenencia del que está abajo lleva a que él o ella crea que ese lugar es para él o ella y no para el otro (y a la inversa). Su valor diferencial pasa por querer entrar donde ese otro no se anima. Quienes van, no acceden o no creen poder acceder a una entrada para el Cirque su Soleil, pero se bancan el pogo.

Es el viejo imaginario del coraje popular contra la supuesta delicadeza de las élites. Si el contacto con el ídolo resulta demasiado seguro o fácil, hay que sospechar, el encuentro pierde su valor-aguante: en estos espectáculos siempre cuesta tiempo y esfuerzo el “ponerse cerca” del escenario, se acampa o se codea, en cambio en los otros espectáculos los escenarios ya están divididos, adelante solo llegan los VIPs o los que pagan para ser VIPs. En cambio, quienes entrar al show popular buscan y se les ofrece un rito de pasaje o reafirmación, se van traspirados, sucios con la suciedad del otro, magullados por el otro. Es la comunión de los que resisten. Se van así, exhaustos, pero habiendo reafirmado el ser parte de un todo mayor. A veces, como ayer, algunos no se van.

Vale aclarar que con esto no estoy aquí queriendo responsabilizar de las precariedades organizativas al consumidor-espectador, pero al igual que sucede con el fútbol y sus violencias, hay que comprender los marcos culturales que legitiman o hacen tolerables ciertas prácticas comerciales.

El fútbol europeo pasó de experiencia de aguante colectivo a experiencia aséptica para una multitud de individuos. Allí y en los estadios de EE.UU el show pone la música y el ruido que ya no pone el espectador. Aquí, el modelo Boca de Macri comenzó a ir para ese lado. Pero si hacia adentro los argentinos nos diferenciamos, hacia afuera pasamos todos a ser el otro-popular  –nuestro complejo de superioridad herido no nos deja opción–. Por eso, hasta los espectadores de rugby corean el himno en las canchas internacionales. Fútbol para Todos extendió además el negocio de los capos y barras (subsidiadas) en relativo desmedro del negocio de los gerentes, que se aseguran sus ganancias por otros medios (igual de “artificiales”, la “natural competitividad”  del mercado, no habría que explicarlo, es un verso tan grande como la neutralidad de los árbitros).

Estableciendo conjeturas hacia adelante, lo que sucedió ayer en Olavarría posiblemente refuerce algo que ya se inició con la masacre de Cromagnon, habrá menos lugares para el aguante y más oportunidades para el negocio seguro y exclusivo.

Haciendo conjeturas hacia atrás, uno se pregunta cómo habrán sido esos encuentros colectivos y populares en los que la lógica no era la del aguante, porque se entraba para seguir siendo iguales junto a los que ya eran parte de lo mismo, pero tampoco la del mercado –porque las élites se aseguraban exclusividad por otros carriles y, sobre todo, en lugares que quedaban demasiado lejos, imposibles de acceder a ellos vía Ticketek–. ¿Cómo habría sido la cosa cuando la burocracia no se metía, la autoridad coimeaba menos y el negocio era algo marginal? Posiblemente esté cayendo en el clisé de la nostalgia, que crea retrospectivamente un pasado que nunca fue, quién sabe.

Haya sido como haya sido, lo que pasó ya no está. Nos debemos entonces la posibilidad de reimaginar y concretar la capacidad de encontrarnos. Sería urgente hacerlo, porque la calle está tomada por el miedo, la agresión y la paranoia.

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