// white

Opinión: Blancos y puros

Tomás Lüders

Las declaraciones de Mauricio Macri en Davos sobre la europeidad de los sudamericanos fueron analizadas en algunas radios, incluyendo a la muy progre Radio con Vos, en función de la exactitud de sus dichos, en función de si lo que dice se corresponde con su referente. Pero no en función de lo que buscaba decir. Cosas del positivismo subyacente en la profesión periodística, que prioriza analizar la correlación entre dichos y hechos, pero descuida interpretar qué se quiere hacer con esas palabras, es decir se autoimpone un límite que deja afuera lo más importante: el efecto buscado.

Así las cosas, en un programa de la mencionada FM capitalina, se calculaba, de acuerdo a los orígenes de quienes hacían el programa, que el enunciado presidencial era exacto: entre quienes hacían el programa solo había apellidos italianos y españoles, ni una gota india o negra. Después, considerando que Macri no habló solo de Argentina, sino de toda Sudamérica (sin dudas un eufemismo presidencial), se saltó de la mesa radial al Continente, y se recordó el caso de Bolivia. Pero para la mesa, que ya era una metonimia de la Argentina, quedaba implícito, lo de Macri era preciso. Incluso los progres somos blancos (¿y puros?).

Lo de la europeidad argentina es un mito, y eso es independiente de lo que digan nuestros genes, más mestizos, mucho más mestizos, de lo que creemos. Incluso para la blanca clase media, que es, después de todo, aquello a lo que nos referimos cuando hablamos de nosotros. El resto, o sea la mayoría, parece un accidente del destino para el país que se soñó un trasplante puro de Occidente (Nota: la blanqueidad y pureza de los Macri, suponiendo que una cosa se asocia a la otra, ni siquiera se sostiene para el caso de su actual familia, salvo que el de los Awada sea una extraña variedad de prusianos o renanos musulmanes –a juzgar por las publicidades de la marca de la esposa presidencial, de esta manera se percibe esta Awada así misma–).

Pero ni lo europeo de este país tiene que ver con los orígenes migratorios de muchos de nuestros abuelos, ni hubo una cultura europea que haya sido implantada sin más con su llegada. Hay, hubo un mito que operó y le dio forma al país con más blancos de Sudamérica (si consideramos claro que españoles e italianos lo son más allá de sus mestizajes locales) y que no tiene que ver con las costumbres que trajeron los que bajaron de barcos. La cultura de “tanos” y “gallegos” fue prontamente reprimida y ridiculizada, incluso por sus descendientes inmediatos y directos. Pensemos que somos el país que supo tener, proporcionalmente al menos, el mayor porcentaje de italianos fuera de la propia Italia. Pero aquí casi nadie habla ni italiano, ni un dialéctico de Italia. Aclaremos: cuando vinieron los italianos aquí, en realidad lo que venían eran personas procedentes de diferentes regiones de un país recientemente unificado, con un idioma local mejor hablado que una todavía artificial lengua nacional. Ni hablar de hábitos y costumbres. Lo mismo para los españoles, alemanes y, claro, migrantes de oriente medio).

Happy-White-People-3

Pero antes de estas derivas, el europeísmo argentino fue una construcción de quienes se asumieron “civilización” ante la “barbarie”, es decir los criollos blancos o blancoides, que fueron constituyéndose en las clases dominantes de este país. Y su europeísmo poco y nada tenía que ver con Le Marche, Andalucía o Dalmacia. Se basaba más bien en el mito ilustrado, también de efectos concretos, de la Europa Moderna.

Fue la crisis de 2001, el colapso definitivo del sueño de que este país se correspondía más con el Occidente desarrollado (ya a esa altura el referente no era tanto Europa como los Estados Unidos), lo que nos llevó a buscar identificarnos con los linajes de nuestros abuelos, siempre y cuando éstos hubieran llegado de Europa (ah, el pasaporte, salvador). Para la mayoría, solo entonces resultó un signo de identidad el terruño paupérrimo de ancestros que habían sido, en gran parte al menos, campesinos analfabetos procedentes de las regiones más atrasadas de ese continente.

Con esto aclaro que no soy de los que quieren aportar a la construcción de una identidad latinoamericanista, también retroactiva. Así como creímos que todos somos europeos, ¿ahora deberíamos creer que todos somos no sé qué? ¿latinos? (como si la latinidad fuera cosa surgida en estas tierras y no lo implantado en ellas). En principio porque lo más bello de este subcontinente son sus mezclas, entre ellas los componentes europeos reconstituidos localmente, y por otra parte porque, siendo ésta una creencia que también viene de las clases medias, suena a anverso culposo del racismo, y no a proyecto. Suena también ridícula la identificación esencialista con los pueblos originarios cuando sale de la boca de quienes son mayormente descendientes quienes fueron implantados aquí para desplazar a indios y a gauchos mestizos (que no querían nada a los indios).

Así las cosas, ni a los dichos hay que evaluarlos en función de los referentes (claramente inexactos en el caso de Macri), ni a nuestras identidades en función de los genes. Lo que hay que pensar es qué buscamos construir a partir de ellos. Entonces, no se trata de rastrear objetividades, referentes y orígenes, sino deseos. Y a mí me parece tanto Macri como nosotros, la clase media, insistimos con segregarnos. Macri y su clase ya logró su objetivo hace rato, vive en la parte afortunada que está detrás de los muros, pero nosotros, nosotros convivimos con las víctimas de una cultura racista. Y ellos, que no sentimos como nosotros, son la mayoría.

white2

Comentá esta nota!

comentarios

También te puede interesar:

Back to Top