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Opinión: 24, volver a manifestarse

Tomás Lüders

No suelo manifestarme los 24. Menos en primera persona. Pero por alguna razón siento la necesidad de explicarme. Porque por alguna razón, desde hace un tiempo también, vengo sintiendo que cierto mote de “hereje” se me deposita. Lo cierto es que para mí fue una fecha de recogimiento, incluso de vergüenza y dolor (¿cómo pudo ser? ¿cómo puede ser que a otros no les duela?). Pero también es cierto que algo me venía apartando de las marchas de esa fecha icónica y, a partir de ahí, algunos venían oliendo traición donde no existía posibilidad de tal cosa.

Cuando tuve la oportunidad, quienes me conocen lo saben, trabajé por la memoria, verdad y justicia. Lo hice en la revista Lote, lo hice en mi brevísimo paso por el Concejo Municipal, y lo volví a hacer dirigido por el director de este portal durante el documental sobre Tacuarita.

Pero algo me alejó de las marchas. Empezó, creo, cuando este aniversario infame se convirtió en inexplicable feriado. No me gustaban los matices políticos que adquiría el día. Y no, no estoy diciendo que me molestaba que hubiera política ese día.

No rechazo la política en el marco de los derechos humanos, porque fue una decisión política, la de Alfonsín, la que permitió condenas ejemplares para los dictadores. Porque también fue una decisión política de otros gobernantes, con los que tuve muy poca afinidad, la de los Kirchner, la que permitió el fin del indulto y las mal llamadas “leyes del perdón”.

Pero lo cierto es que desde hace un tiempo sentía que en las plazas se metía otro tipo de política. La de facción, la de ver quién estaba más cerca de no sé qué legado. Legado ideológicamente difuso, que en muchos casos suponía una idealización acrítica y genérica de la militancia de los 70s. Durante muchos años, ya iniciados los juicios a los represores, se percibía una lucha  para ver quién tenía más derecho a identificarse con las víctimas. Para establecer quién tenía más derecho de decirse mártir. Y lo cierto es que las únicas víctimas son los que no aparecieron, o los que aparecieron después de años de cárcel y tortura, o los que sobrevivieron a sus desaparecidos: sus madres y padres, sus hijos, sus hermanos. Los demás intentamos romper con una triste herencia de cobardía o silencio.

Dicho esto, azora tener una presidencia que se manifiesta indiferente a esta fecha. Como si nada hubiera pasado. Peor aún, porque es terriblemente cierto, porque no (solo) es otro ejercicio de la paranoia política que nos viene rondando desde hace tantísimo tiempo, azora tener un Gobierno con facciones que justifican e incluso glorifican “a la otra parte” de la supuesta “guerra civil”. Otra parte que no fue otra parte, sino el propio Estado aplicando el terrorismo, la tortura, el robo y el asesinato.

Y entonces otra vez vuelven los tiempos en los que no podemos dejar de manifestarnos. En los que la revisión crítica del accionar de la militancia y la guerrilla tendrán que volver a diferirse, pues otra vez se encumbran quienes planean que un manto de olvido se deposite sobre el último golpe (¿porque se sienten herederos de sus beneficiarios?) o, peor, que incluso hasta sueñan con su reivindicación.  Estimo, porque hay astucia detrás de cada paso emprendido desde esta cumbre, que la estrategia que predomine sea la de diluir, la de generar olvido, la de relativizar, y no la de invertir  abiertamente sentidos. Y temo que sea la primera la más efectiva como paso hacia el retorno de la impunidad.

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