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María Eugenia Vidal, todos somos populistas

Tomás Lüders

Ayer María Eugenia Vidal ofreció, en ese que es el lamentable y fascinante Gran Escenario Nacional de Intratables una de las cosas que la gente más adora, una Mártir, alguien que entregará todo sin pedir nada a cambio. Aunque Cristina haya expresado varios componentes del “ethos del martirio”, a veces parece su anverso (y sin dudas lo es para los votantes de Vidal –y no hablo de anverso ideológico–). CFK sufría, pero sin masoquismo. Ahí donde algo faltaba, aparecía el recurso a lo monumental.

Rajado en pedazos el semblante del empresario exitoso y extraño al barro político que supo proyectar con gran eficacia simbólica Mauricio Macri (han aparecido evidentes gestos de avaricia y enlodamiento, ha aparecido la torpeza en esa avaricia), ayer Vidal parecía una Santa Madre que nos pedía con el alma compungida que nos tragáramos una píldora desagradable para hacerla feliz, el comprimido, era, claro una buena dosis del candidato a Senador por la provincia de Buenos Aires, el esperpéntico Esteban Bullrich.

María Eugenia Vidal es, después de Cristina Fernández, es una de las pocas dirigentes que ha logrado continuar generando identificación genuina (omitamos si se quiere los votos más duros de origen PRO), es decir, que es creíble, y por eso el macrismo termina haciendo girar en torno a ella su estrategia electoral para “la” Provincia.

Y no hablo de credibilidad en el sentido limitadamente constatativo, la creencia que genera la gobernadora de “la” Provincia, al igual que la ex presidenta, es una creencia que va más allá de los hechos. Los resultados pueden muy bien estar, pero la cosa va más allá. Asumir que todo fenómeno de creencia se sostiene en un régimen de verdades factuales y objetivas es lo que llevó a muchos analistas a acuñar una categoría tan limitada como necia, “la posverdad”.

No sé cuán honesta o cuán falsa es Vidal, como no sé cuánto lo sea de cada cosa Cristina Fernández. Sí entiendo que la verdad del sujeto no tiene que ver con una, imposible, autopercepción realista. Así y todo, el sujeto puede percibirse a sí mismo como un cínico capaz de montar astutamente lo que no siente ser. Pero esa cuestión no es cosa que interese al analista, que se dedica, con cierta distancia y desdén, a analizar los efectos de sentido y no la honestidad de quien los genera. Asumo, claro está, que la cuestión debería importar a la hora de las apuestas políticas. Pero, ya que estamos en tren de confesiones, confieso que ni María Eugenia Vidal, ni Cristina Fernández de Kirchner son parte de mi apuesta política.

En elecciones que son por distritito sin embargo, quienes vivimos en Santa Fe, esa provincia sin identidad de provincia (acá somos venadenses, rafaelinos, rosarinos, santafesinos de Santa Fe capital, etc.), solo nos dejamos capturar por los temas que pasan por Buenos Aires, en los Buenos Aires, porque en segundo orden, tras “La” Provincia, está “La” Ciudad”, Ciudad en la cual otra mujer le presta a Cambiemos la credibilidad que los hombres de su entorno no han logrado generar (en algún momento tendremos que trabajar en serio sobre el tema de las identificaciones políticas y lo femenino, por qué fue CFK, y no NK, por qué la ahora desgraciada Michetti antes o junto a Macri, y no Macri solo, por qué ahora es Carrió la que le presta su credibilidad al oficialismo en CABA,  –y deberíamos remitirnos a Eva y Perón, dupla tan discutida y tan poco interpretada–).

Cosas de una mediatización que aún tiene como Gran Caja de Resonancia a la Televisión, ni las redes, ni las recorridas y timbreos logran la centralidad que logra lo que todavía pasa en los medios tradicionales, con la TV a la cabeza. Y los medios consumidos en nuestra provincia o son medios locales (y esa categoría cabe tanto para La Capital de Rosario como para El Litoral de Santa Fe) o son medios nacionales, y por ende porteño-bonaerenses. De ahí a que entre lo que sucede a walking distance de la propia casa y lo que tiene repercusión nacional hay una enorme área gris que no cautiva a nadie. Albor “Nicky” Cantard, Luis Contigiani, del macrismo y el oficialismo provincial respectivamente, son, para colmo dos personajes que no parecen tener ninguno de los atributos valorados por las actuales gramáticas mediáticas, no son juveniles, ni intimistas, ni provocadores. Muy distintos entre sí, reciben la misma indiferencia. Son los apagados personajes de una disputa gris que no mueve el amperímetro de las pasiones. Para el caso peronista la cosa tiene diferentes componentes, pero la sopa ofrecida es igual de aguachenta. Rossi, por caso, parece un espectro del pasado que solo contagia de mística a los más militantes. Estimo que hasta que no seamos una Comunidad Imaginada, en el sentido de Benedict Anderson, las cuestiones provinciales, de esta provincia, seguirán siendo parte de una confusa abstracción administrada a distancia.

La política se mueve por identificaciones y afectos, y por más que despotriquen los institucionalistas, republicanistas y tecnócratas, todos terminamos siendo populistas. Como bien registraba Bernard Manin desde la ciencia política francesa, la mediatización no deja de reforzar nuestro pathos propenso a amar y a odiar personas antes que ideas o proyectos. Quienes intentamos apostar por otro tipo de construcciones, tendremos sin embargo que revisar críticamente la historia política reciente y lejana –sin esquivarle a Schmitt en el trayecto–. Hay que trabajar para romper las forzadas dicotomías entre ideas y afectos sin terminar empantanados en la tibieza disfrazada de socialdemocracia o aislados de nuevo en la Montaña de los Puros. Y tampoco olvidarnos que quienes se calzaron el gorro frigio en los últimos tiempos terminaron en el mismo pegote ad personam y ad hominem, hablándole al corazón, y no al frío cerebro.

 

 

 

 

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